¡Ya nos lo contaste, papá!

Las líneas que siguen tienen una motivación inicial (¡pretexto para hablar de lo mismo! = Cecilia + Lucía). Y si de algo de ello ya he dicho palabra en oportunidades anteriores, remito al título, que, descarto, resulta  suficientemente elocuente..

El intercambio de mails iniciado por mi es su primera manifestación. ¿El motivo? La mención, a partir de una ponencia en contexto académico, a un libro imaginario que bien podría dejar de serlo y que alguien debería de escribir; como respuesta a otro que de imaginario no tiene nada, todo lo contrario, extenso y documentado, pero, fundamentalmente, dolorosamente extenso y debidamente documentado.

A vuelta de correo, la respuesta constaba de un artículo en pdf, interesante, entiendo que introducción a un tercer libro que juzgan elocuente, destinado a arrojar alguna luz a partir de mi sincera confesión de ignorancia casi que total del autor.

Por razones obvias y de propósito, se impone evitar nombres, además de imponerse un rodeo, para concluir la respuesta con palabras ajenas. ¡Y qué palabras ajenas! 

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Hace un montón de años, daba vueltas por la feria de Piedras Blancas, situada en el barrio en el que nací. ¡Qué sitio! De chico, visitaba con mi viejo el lugar, porque los pobres encuentran siempre utilidad en aquello que ha dejado de tenerlo para el del peldaño de “más arriba”. Y además hablamos de mi viejo, un tipo que no resultaba capaz de desprenderse de nada. 

Su sentido de la utilidad, no dependía de la noción de precios dados, tan elípticamente explicados por Von Mises y el resto de sus camaradas de la Escuela Austríaca, algunos de ellos pertinaces promotores de la antidemocracia real (Hayek), nunca arrepentidos.

La cosa le venía de antes, de cuando visitaba con Juan y el Coco, hermano mayor el primero y seguido a él el segundo, el Estadio Centenario. Con 7, 5 y 4 años, se iban desde Azara y Feliz Laborde, con un montón de hojas de diario usado que ofrecían por un vintén a las personas para poner sobre el asiento y no ensuciarse la ropa. De aquello destinado a parar la olla, tan tempranamente y hasta el final de sus días, toda una línea de continuidad.

De una extensión variable conforme la dimensión de la crisis, no fue tan larga en época de los milicos sino al final del segundo o tercer gobierno democrático, conservador y, a veces, reaccionario, plagado de colaboradores de los que te dije. Demócratas de toda la vida, como quien dice, a lo Manuel Fraga Iribarne.

De extensión kilométrica, entonces, el empobrecimiento material daba paso a la aparición de una pobreza estructural y totalizadora, desconocida entre nosotros, cuatro gatos locos. Lo que habíamos intuido en nuestra primera adolescencia, se había consolidado. Y la feria, resultaba un elocuente y cruel escaparate, en tanto junto a la fruta, el sable sin remache, la biblia y el calefón, aparecían restos, desechos, cosas … ¿Basura?, quizá, sin que faltara alguna dentadura postiza y alguna que otra prótesis ortopédica.

Pero también libros. “La sed de conocer me consume”, decía aquel proverbio de autor árabe cuyo nombre soy incapaz de recordar (y me sigue sucediendo lo mismo), así que nos lanzábamos sobre todo lo que podíamos, que era más bien poco. Y entre un montón de viejas revistas roñosas aparecía la imagen señera. ¡Qué emoción después de tanta cárcel, de tanta censura y de tanto oprobio!

No sé dónde quedó. Supongo que entre nuestras cosas, aquellas que resultaron imposibles de agrupar en lotes, las carpetas de la escuela de cintita y hojas Tabaré, los cuadernos y los carnets. Nuestros y de las chiquilinas, que guardó papá en el fondo, bien acondicionado y protegido. hasta que se fue.

En España lo busqué, lo encontré y lo compré por internet. Anhelaba fundamentalmente volver a leer, bajo otra luz, el prólogo. Breve, inconmensurable, grandioso, inolvidable. Pero se trataba de otra edición. Me contente sobradamente con volver a repasar su contenido general. La sobriedad, elegancia y valentía de su maravilloso autor, que no supe aquilatar en aquellos tiempos de dogma y sacristía.

Pero, hete aquí que la red me ha permitido dar con aquel prólogo irrepetible, al que añado algunos párrafos de la introducción a manera de respuesta al pdf mencionado más arriba; y como forma de dar testimonio respecto a lo que, ni en aquel entonces ni mucho menos ahora, hemos sido capaces de continuar.

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“Mi venerado amigo: Tiene usted que permitirme que reproduzca aquí las pocas palabras en las que he intentado decirle verbalmente por qué su personalidad y su obra me son y seguirán siendo siempre tan caras. Desde hace muchos años, ocupa usted cerca de nosotros, por derecho propio, un puesto que nadie le puede disputar: el de representante de la auténtica cultura del siglo en todo su brillo y esplendor. Y si según Marx y Engels el proletariado alemán es el heredero histórico de la filosofía alemana clásica, usted es el albacea de esa herencia. 

Ha salvado usted del campo de la burguesía para traerlo al nuestro, al campo de los socialmente desheredados, todos los tesoros que aún guardaba la cultura en otro tiempo espiritual de la burguesía. Sus libros y sus artículos han familiarizado íntimamente al proletariado alemán, no sólo con la filosofía alemana clásica, sino también con los poetas clásicos, no sólo con Kant y Hegel, sino también con Lessing, Schiller y Goethe.

Con cada trazo de su pluma maravillosa, ha enseñado usted a nuestros obreros que el socialismo no es, precisamente, un problema de cuchillo y tenedor, sino un movimiento de cultura, una grande y poderosa concepción del mundo. Defenderla, permanecer en su atalaya a pie firme, es la misión que usted se ha impuesto desde hace más de una generación. 

Cierto es que hoy -desde la espantosa bancarrota de la guerra mundial- los herederos de la filosofía clásica andan como míseros mendigos llenos de penurias. Pero las férreas leyes de la dialéctica histórica que usted ha sabido exponer ante el proletariado, día tras día, con mano maestra, harán que los mendigos, los “desarrapados” de hoy, vuelvan a erguirse y sean otra vez los luchadores fieros e indomables. 

Tan pronto como el espíritu del socialismo vuelva a soplar en las filas del proletariado alemán, su primer movimiento será para alargar la mano hacia sus obras, hacia los frutos de la labor de su vida, cuyo valor es imperecedero y en los que alienta siempre el mismo hálito de ideas fuertes y nobles. 

Hoy, en que las inteligencias de origen burgués nos traicionan y desertan de nosotros en manada para retornar al pesebre de los que mandan, podemos verlos marchar con una sonrisa de desprecio, y decirles: ¡Idos en buena hora! 

¿Qué nos importa que os vayáis, si le hemos arrancado a la burguesía alemana lo último y lo mejor que le quedaba de espíritu, talento y carácter: a Franz Mehring? 

Siempre suya, cordialmente

ROSA LUXEMBURGO”

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PRÓLOGO DEL AUTOR A LA PRIMERA EDICIÓN

Este libro tiene su pequeña historia. Cuando se trató de editar la correspondencia mantenida entre Marx y Engels, Laura Lafargue, la hija de Marx, puso como condición para dar el permiso, en lo que de ella dependía, que yo interviniera en la redacción como su representante; el poder otorgado en Draveil con fecha no de noviembre de 1910 me autorizaba para introducir en la edición de las Cartas todas las notas, aclaraciones y supresiones que considerara necesarias. En la práctica, no tuve necesidad de hacer uso de esta autorización.

Entre los editores, o mejor dicho, el editor de las Cartas, Bernstein -ya que Bebel no hizo más que poner el nombre-, y yo no surgieron discrepancias importantes de criterio, y entendí, interpretando el mandato de ia hija de Marx, que no debía ni tenía para qué entrometerla en esa tarea sin una razón apremiante o poderosa que lo justificara; por mi parte, no sentía tampoco inclinación alguna a proceder en ese sentido.

Las largas horas de trabajo que dediqué al examen de esta correspondencia vinieron a redondear la imagen que yo me había formado de Carlos M arx a lo largo de diez años de estudios, e involuntariamente surgió en mí el deseo de darle a esta imagen un marco biográfico, sobre todo sabiendo que con ello habría de producirle una gran alegría a su hija.

Si yo me había ganado su amistad y su confianza, no era precisamente porque me tuviera por el más culto ni el más inteligente de los discípulos de su padre, sino simplemente porque creía ver en mí al que más había ahondado en su personalidad humana y el que más certeramente sabía exponerla. Por carta y de palabra, me aseguró bastantes veces que el relato que yo hacía en mi historia del partido y, sobre todo, en mi edición de los escritos varios, refrescaba y hacía revivir en ella no pocos recuerdos de familia ya borrosos, y hacía que recobrasen materialidad no pocos de los nombres oídos frecuentemente en labios de sus padres.

Desgraciadamente, esta magnífica mujer murió mucho antes de que pudiera ver la luz la correspondencia de su padre con Engels. Pocas horas antes de ir voluntariamente a la muerte, me envió un cálido saludo de despedida. Había heredado las cualidades de su padre y yo tengo que mostrarle desde aquí, ya en su tumba, mi gratitud por haberme confiado para su edición tantos^ tesoros de la herencia paterna, sin que jamás hiciera el más leve intento por influir en mi juicio crítico ante esa tarea. Y así, sabiendo como sabía por mi historia del partido, cuántas veces y con qué energía había defendido yo el derecho de Lassalle contra Marx, no tuvo inconveniente en encomendarme las cartas de aquel a su padre, para su publicación.

¡Ya quisieran poseer siquiera un granito de la nobleza de esta gran mujer esos dos celosos guardianes del marxismo que, apenas puse manos en la ejecución de mí propósito biográfico, empezaron a soplar a todos los vientos el cuerpo de su indignación moral porque me había permitido exteriorizar en la revista Neue Zeif algunas observaciones acerca de las relaciones de Lassalle y Bakunin con Marx, sin doblegarme, como era de rigor, a la leyenda oficial del partido!

C.Kautsky abrió el fuego acusándome de “antimarxismo en general y en particular de un pretendido “abuso de confianza” contra la hija de Marx. Y como yo, sin hacer caso de eso, me obstinara con el propósito de escribir la biografía, sacrificó nada menos que sesenta páginas del espacio, que cómo se sabe es muy precioso, de la Neue Zeit, para dar cabida a un panfleto en el que N. Riazanof -bajo una avalancha de acusaciones, cuya falta de escrúpulos solo es equiparable a su necedad- pretendía construir sobre mí la imagen del más vil de los traidores a Marx. 

He dejado que esta gente dijera !a última palabra, movido por un sentimiento que la cortesía me impide calificar, pero me debo a mí mismo la declaración de que su terrorismo doctrinal no me ha intimidado en lo más mínimo, razón por la cual seguiré exponiendo en esta obra las relaciones de Marx con Lassalle y Bakunin sin atenerme para nada a la leyenda del partido, obediente tan solo a los postulados de la verdad histórica. 

También aquí he querido, naturalmente, huir de toda polémica, si bien en las notas que figuran al final de esta obra examinó algunas de las acusaciones más importantes que me hacen Kautsky y Riazanof, para mayor honra y provecho de quienes nos sigan como investigadores en este terreno, pues siempre me parecerá poco cuanto se haga p o r inyectar a los estudiosos del mañana, y cuanto antes, un sentimiento de soberano desprecio contra los ataques epilépticos de los sacerdotes marxistas.

Si Marx hubiera sido real y verdaderamente ese muchachito modelo tan aburrido que veneran en él los sacerdotes del marxismo, yo no me habría sentido jamás tentado a escribir su biografía. Mi admiración y mi crítica —y en ninguna buena biografía puede faltar ninguna de estas dos cosas, en dosis iguales— no pierden de vista jamás al hombre genial a quien nada le gustaba decir tanto ni con más frecuencia de sí que aquello de que nada humano le era ajeno. 

Hacerle vivir de nuevo, en toda su grandeza poderosa y áspera: tal es la misión que yo me he propuesto.

Fraeiz Mehring

Steglitz-Berlín, marzo de 1918

Un saludo.

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