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He seguido durante las últimas semanas, las posibles repercusiones que pudieran presentarse a las dos notas que he republicado de Branko Milanović, apelando a las mismas fuentes que difundieron originalmente el mensaje y que, aunque bastante especializadas (y monocordes), son ampliamente leídas. Desdichadamente, parece que nadie tiene nada que decir desde el terreno del Decrecimiento, que cuenta entre sus filas con personas extraordinariamente bien dotadas por su alto nivel de conocimientos y especialización para el intercambio y la polémica.

¿Razones? ¡Imposible saberlo!. ¿Puede que se trate de un conjunto de objeciones a las que no vale la pena responder, en función de la débil sustentación de base que Milanovic´ resulta incapaz de advertir? ¿O, por el contrario, el peso argumental de Milanovic´constituye un hueso duro de roer sobre el que más vale guardar un prudente silencio?

Sea como fuere, corresponde precisar un par de aspectos importantes: Milanovic´ no es un apologeta sin más del capitalismo. Se trata, a mi modo de ver, de un pensador fuertemente pragmático, cuya argumentación posee una lógica bien fundada y políticamente parecería que irreprochable. El mundo en el que vivimos se erige (¡y rige!), en su abrumadora mayoría, a partir de una determinada sensibilidad, emanación de los valores centrales de la economía del dinero. Semejante situación no puede despacharse mediante caprichosos extremismos y lugares comunes, como parecen tentados a proponernos algunos propagandistas no videntes de la ortodoxia, que siguen haciendo gala de su perseverante ceguera.

Pero Milanovic´también parecería comulgar con cierto grado de negacionismo climático, además de ser un claro tecnooptimista. Lo primero se deduce de un par de expresiones de la segunda nota: “Y si es cierto que nos enfrentamos a una situación de proporciones “terminales”, como aseguran quienes proclaman la emergencia climática…”, refiriéndose a las medidas que cataloga como racionamiento draconiano; y más adelante, “… si la situación es tan extremasi el cambio climático es como un covid a largo plazo, si hemos aprendido a vivir con covid y sobrevivir, ¿no podríamos adaptarnos también a esta “nueva normalidad”. En cuanto a su tecnooptimismo, el mismo aparece expuesto, con toda naturalidad, en su libro “Capitalismo nada más”.

Concluyamos, entonces, con Milanovic, dando paso a lo que constituye la tercer entrega, a partir de una serie de largos extractos del mencionado libro, donde se manifiesta lo anteriormente sostenido.

«No hay alternativa»

“Quizá se esté de acuerdo con el análisis hecho hasta aquí y a continuación poder decir lo siguiente: ¿acaso no es esta situación un alegato en favor de cambiar el sistema socioeconómico? ¿No se deriva de todo esto que deberíamos deshacernos del mundo del capitalismo hipercomercializado en favor de un sistema alternativo?

El problema que conlleva este argumento, por lo demás muy sensato, es que carecemos de cualquier alternativa viable al capitalismo hipercomercializado. Las que ha intentado poner en práctica el mundo han resultado peores; algunas incluso mucho peores. Por si fuera poco, renunciar al espíritu de competitividad y de adquisición que lleva integrado el capitalismo daría lugar a un descenso de nuestra renta, a un aumento de la pobreza, a la desaceleración o a la reversión del progreso tecnológico, y a la pérdida de otras ventajas que ofrece este sistema (como, por ejemplo, los bienes y servicios que se han convertido en parte integrante de nuestras vidas).

No cabe esperar que se puedan mantener esas ventajas destruyendo el espíritu adquisitivo o desbancando la riqueza como único marcador del éxito. Va todo junto. Tal vez esa sea una de las características fundamentales de la condición humana: que no podemos mejorar nuestra vida material sin dar rienda suelta a algunos de los rasgos más desagradables de nuestra naturaleza. Esa es, en esencia, la verdad a la que Bernard Mandeville llegó hace más de trescientos años.

El intento de ofrecer una alternativa viable es el error de muchas de las propuestas recientes que se han hecho para mitigar los supuestos rasgos tenebrosos del capitalismo comercializado. La idea de que más tiempo libre haría de nuestro mundo un lugar mejor es una de esas propuestas aparentemente razonables, pero completamente equivocadas (véanse Raworth 2018 y Bregman 2017). Da por supuesto que, si lográramos convencer a un número suficiente de individuos de que estarían mejor trabajando menos, los rasgos hipercompetitivos del capitalismo se remediarían; tendríamos unas vidas placenteras, visitaríamos exposiciones de arte y acudiríamos a cafés a comentar las producciones teatrales más recientes. Pero las personas que decidieran seguir este modo de vida más relajado no tardarían en quedarse sin dinero para poder mantenerlo (a menos que previamente hubieran adquirido una cantidad suficiente de riqueza). Sus hijos se enfadarían con ellos por preferir llevar una vida de recreo y ocio en vez de

asegurarles que tuvieran los mismos chismes que sus amigos y que asistieran a los colegios mejores y más caros. Esa es la causa de que los padres no puedan parar de ascender cada vez más en la escala social y de intentar transmitir a sus hijos todos los privilegios que, como veíamos en el capítulo 2, llevaron al capitalismo liberal a crear una clase alta capaz de autoperpetuarse. Ese es el motivo de que Barack Obama, pese a todos los adornos retóricos usados en sus discursos para ponderar las ventajas de la educación pública, enviara a sus dos hijas a un instituto privado de élite y luego a las universidades privadas más caras.

Una vez más, constatamos que una vida de ocio solo es posible para aquellos que han heredado un patrimonio significativo o están dispuestos a retirarse a comunidades que son autónomas y en gran medida autosuficientes. Efectivamente, llevar esto a cabo es posible, pero podemos tener la seguridad de que seguirá siendo muy poco frecuente. Imaginemos que los que defienden una alternativa más amable lograran convencer a todo un país de que cambiara su sistema. Por ejemplo, los habitantes de un país rico de Europa podrían decidir que el nivel de bienestar del que gozan ahora es más que suficiente y que podría mantenerse, gracias al progreso tecnológico, con una aportación de mano de obra mucho menor.

Podrían decidir trabajar solo quince horas a la semana, el número de horas que John Maynard Keynes, en su artículo «The Economic Possibilities for Our Grandchildren» (1930), creía que serían suficientes para satisfacer «al viejo Adán que llevamos la mayoría en nuestro interior». Pero ese país y toda su población descubrirían muy pronto que han sido rebasados por otros. Quizá, felices en su cómodo estilo de vida, al principio no se preocuparían demasiado de las posiciones económicas globales. Pero los habitantes de los países con más éxito y cada vez más ricos empezarían a comprar propiedades en el otro país, a trasladarse a los lugares más atractivos, a comer en los mejores restaurantes y a desplazar paulatinamente a la población local.

Que no se trata de una fantasía es algo que podemos constatar hoy día en Italia. En un futuro no muy lejano, ciudades como Venecia y Florencia tal vez se encuentren habitadas por completo por personas ricas de otras nacionalidades: alemanes, norteamericanos o chinos. (Tal es el caso ya en gran medida del centro de Venecia y de algunos lugares de la Toscana.) En un mundo plenamente globalizado y comercializado, si las rentas de Italia continuaran descendiendo respecto a las de otros países y regiones, la belleza del país ya no sería disfrutada por sus habitantes originales. Y no hay razones para que no tenga que ser así.

En un mundo comercializado todo tiene un precio. Si un chino puede pagar más por una vista del Gran Canal de lo que puede pagar su actual propietario italiano, él es el que debería tener acceso a esa vista. Llegamos así de nuevo a la conclusión de que la única manera de desafiar al mundo comercializado es apartándonos por completo de él, ya sea por medio del exilio personal a una comunidad aislada, ya sea, en el caso de otros grupos más grandes como toda una nación, adoptando la autarquía.

Pero es una tarea imposible intentar convencer a un número lo bastante grande de individuos de que se retiren de ese mundo, de que renuncien a las comodidades de la comercialización y de que acepten unos niveles de vida mucho más bajos si han convivido con un espíritu adquisitivo y han interiorizado todos los objetivos de este. Hay algunas comunidades, como los alemanes de Pennsylvania o los kibutz de Israel (grupos ambos en clara decadencia), a las que tal vez no desmoralice la presencia de la riqueza mucho mayor de sus vecinos, pero hay muy pocos grupos aparte de ellos que muestren un deseo inmediato de imitarlos.

Las personas que escriben acerca de la necesidad de más tiempo libre no se dan cuenta de que las sociedades de todo el mundo están estructuradas de tal manera que alaban el éxito y el poder, de que en una sociedad comercializada tanto el uno como el otro se expresan solo a través del dinero, y de que el dinero se obtiene por medio del trabajo, de la posesión de patrimonio y también, entre otras cosas, por medio de la corrupción. Este es un motivo más de que la corrupción sea un componente fundamental del capitalismo comercializado”.

TEMOR INFUNDADO AL PROGRESO TECNOLÓGICO

“La falacia de la cantidad fija de trabajo y nuestra incapacidad de visualizar el futuro Tenemos doscientos años de experiencia en la introducción de las máquinas como sustitutas de la mano de obra humana. Cada vez que ha tenido lugar o ha aparecido en el horizonte la amenaza de la automatización a gran escala de unas actividades realizadas hasta ese momento por los seres humanos, se han desencadenado temores de desempleo masivo, de trastornos sociales y, en una palabra, de catástrofe. Y cada vez, esos temores han sido considerados algo único y absolutamente nuevo.

Y cada vez, en cuanto ha pasado el susto, ha resultado que todo había sido una exageración. Los recientes estudios en torno al advenimiento de los robots se centran en la amenaza de que estos sustituyan a los humanos como si se tratara de algo verdaderamente nuevo que pudiera causar un cambio decisivo en nuestra civilización y en nuestro modo de vida. Pero semejante fenómeno no sería nada nuevo.

Las máquinas han venido sustituyendo el trabajo repetitivo (y a veces también el creativo) en una medida significativa desde el comienzo de la Revolución industrial. Y los robots no son diferentes de cualquier otra máquina. La obsesión con los robots, o el temor hacia ellos, tiene que ver con nuestra fascinación por su antropomorfismo. Algunos hablan de los grandes beneficios que podrían sacar los «propietarios de un robot», como si esos propietarios fueran esclavistas (véase, por ejemplo, Freeman 2014 y Rotman 2015).

Pero no existen propietarios de robots; solo hay empresas que invierten en esas innovaciones tecnológicas y las ponen en práctica, y son esas empresas las que sacarán los beneficios. Podría suceder que una mayor automatización provocara que la parte de la renta nacional correspondiente al capital aumentara más, con todas las consecuencias que ello pudiera tener para la desigualdad interpersonal que discutíamos en el capítulo 2, pero, una vez más, nada de esto es diferente de los efectos provocados por la introducción de nuevas máquinas que sustituyen a los trabajadores humanos, un fenómeno que lleva con nosotros por lo menos dos siglos. La robótica nos lleva a enfrentarnos directamente con tres falacias.

La primera falacia es la de la cantidad fija de trabajo, que sostiene que el número total de empleos es invariable y que, cuando las nuevas máquinas se hagan cargo de ellos, muchos trabajadores tendrán que enfrentarse al desempleo permanente. Cuanto más breve es nuestro horizonte temporal, más razonable parece esa afirmación. Ello es así porque, a corto plazo, el número de empleos es efectivamente limitado; así que si hay más trabajos que son realizados por máquinas, quedarán menos para las personas.

Pero en cuanto ampliamos nuestra vista hacia horizontes temporales más largos, el número de empleos deja de ser fijo; no sabemos cuántos se perderán ni cuántos nuevos serán creados. No podemos determinar qué nuevos trabajos habrá ni cuántos, porque no sabemos lo que traerán consigo las nuevas tecnologías. [187] Pero la experiencia de dos siglos de progreso tecnológico puede ayudarnos. Sabemos que siempre han existido temores parecidos y que nunca se han hecho realidad. Las nuevas tecnologías acabaron creando suficientes empleos nuevos que en realidad eran mejores y más numerosos que los que desaparecieron.

Eso no significa que nadie pierda como consecuencia de la automatización. Las nuevas máquinas (llamadas «robots») sustituirán a algunos trabajadores, y los salarios de algunos individuos se verán reducidos. Pero, por trágicas que puedan ser esas pérdidas para las personas que las sufran, no afectarán al conjunto de la sociedad. Los cálculos de la proporción de empleos que están amenazados por la automatización varían enormemente, tanto entre los distintos países como dentro de cada uno, dependiendo de la metodología utilizada.

Para Estados Unidos, estos cálculos varían entre el 7 y el 47 por ciento; y para Japón, entre el 6 y el 55 por ciento. [188] Los valores más altos se alcanzan cuando más del 70 por ciento de los «expertos» consideran que ciertas ocupaciones pueden verse afectadas por la automatización; pero cuando se lleva a cabo el mismo ejercicio distinguiendo de un modo más granular entre las diversas tareas dentro de las distintas ocupaciones, los resultados son mucho más pequeños y oscilan entre el 6 y el 12 por ciento para los países de la OCDE (Hallward-Driemeier y Nayyar 2018).

Estas cifras corresponden solo al cálculo de las pérdidas de empleo: no incluyen (ni podrían, porque se desconoce) el número de nuevos empleos que serán creados por las mismas tecnologías que de momento han desplazado a los trabajadores y han creado nuevas necesidades. De ahí viene la segunda falacia: las necesidades humanas son limitadas, y está relacionada con la primera —a saber, con nuestra incapacidad de determinar lo que traerá consigo la nueva tecnología—, porque nuestras necesidades, a su vez, vienen determinadas por la tecnología conocida y disponible. Las «necesidades» que esta no puede satisfacer no son reales, en el sentido económico del término.

Si hoy día sentimos la necesidad de volar a Plutón, esto no puede ser satisfecho ni tiene importancia económica alguna. Análogamente, la necesidad de un senador romano de grabar sus discursos —si es que de verdad experimentó alguien por aquel entonces esa necesidad— no habría podido ser satisfecha ni habría tenido importancia. Pero hoy día sí que la tiene.

Esas dos falacias están relacionadas de la siguiente manera: tendemos a imaginar que las necesidades humanas se limitan a lo que sabemos que existe hoy día y a lo que la gente anhela para hoy día, y no podemos ver qué nuevas necesidades surgirán con las nuevas tecnologías (porque son en sí desconocidas). Por consiguiente, no podemos imaginar qué nuevos empleos se requerirán para satisfacer las nuevas necesidades creadas.

Una vez más, la historia acude al rescate. Hace apenas quince años no podíamos ni imaginar la necesidad de un smartphone (porque ni siquiera habríamos podido concebir su existencia) y, por lo tanto, no habríamos podido imaginar los nuevos empleos creados por las aplicaciones para él: desde Uber hasta aquellas que venden billetes de avión o conectan a las personas que tienen perros con otras que están disponibles para pasearlos. Hace cuarenta años, no habríamos podido imaginar la necesidad de tener un ordenador en nuestra casa, y no habríamos podido imaginar los millones de nuevos empleos creados por el ordenador personal. Hace unos cientos de años, no habríamos podido imaginar la necesidad de tener nuestro propio automóvil y, por lo tanto, no habríamos podido imaginar Detroit y la Ford, la General Motors o Toyota, ni siquiera cosas como la guía de restaurantes Michelin. Hace unos doscientos años, Jean-Baptiste Say, uno de los primeros economistas y también uno de los más famosos, afirmaba que «ninguna máquina hará nunca, como lo hace ahora hasta el peor caballo, el servicio de transportar a las personas y las mercancías en medio del gentío y el ajetreo de una gran ciudad».

La tercera falacia es la de la «cantidad fija de materias primas y de energía», la idea de la denominada capacidad de carga de la tierra. Por supuesto, existen límites geológicos para el suministro de materias primas, sencillamente porque la tierra es finita. (Nótese, sin embargo, que el cosmos, al menos desde nuestra pequeña perspectiva humana, sí que es ilimitado.)

Pero la experiencia nos enseña que los límites terrestres son mucho más grandes de lo que generalmente pensamos en un determinado momento, porque nuestro conocimiento de los recursos que contiene la tierra, y de cómo pueden usarse para satisfacer nuestras necesidades, se ve limitado por el nivel actual de nuestra tecnología.

Cuanto mejor es esta, más reservas de todo descubrimos, y más eficaces somos a la hora de usarlas. Admitir que x alto el hecho de que cuando x escasee y aumente su precio, serán mayores los alicientes para crear sustitutivos (como demuestran las invenciones del azúcar de remolacha, del caucho sintético o de la fracturación hidráulica) o para utilizar distintos componentes con los que producir las mercancías finales que necesita x como componente.

El coste de la mercancía final quizá suba, pero eso no es más que un cambio del precio relativo, no una catástrofe. El concepto de capacidad de carga, que no incluye en su ecuación el desarrollo de la tecnología y de la fijación de precios, no es más que otra falacia de la «cantidad fija». Algunos economistas destacados, como Stanley Jevons, que en el siglo XIX se dedicó a coleccionar toneladas de papel en la idea de que un día pudieran escasear los árboles, llegaron a abrigar los mismos temores ilógicos.

No solo resultó que con un uso del papel varios miles (¿o quizá millones?) de veces mayor, el mundo no ha llegado a quedarse sin árboles, sino que además Jevons no habría podido imaginar, lo cual es comprensible, que la tecnología permitiría el reciclaje del papel y una reforestación eficaz, o que las comunicaciones electrónicas habrían llegado a reducir nuestra necesidad de papel. No es que nosotros seamos más inteligentes que él, tampoco nosotros podemos llegar a imaginar lo que pueda sustituir al petróleo, al magnesio o al mineral de hierro.

Pero deberíamos ser capaces de entender el proceso en virtud del cual se producen esas sustituciones y a razonar por analogía. El temor a la robótica y a la tecnología surge, creo yo, de dos debilidades humanas. Una es cognitiva: sencillamente no sabemos qué futuros cambios tecnológicos se producirán y, por lo tanto, no podemos decir qué nuevos empleos se crearán, cuáles serán nuestras necesidades futuras o cómo se utilizarán las materias primas.

La segunda es psicológica: nos estremecemos debido al miedo desconocido, en este caso debido a la perspectiva espeluznante a la vez que atractiva de que unos robots de metal sustituyan en la fábrica a los trabajadores de carne y hueso. Ese deseo de estremecimiento responde a la misma necesidad que nos lleva a ver películas de terror y a lo que Keynes llamaba nuestra «propensión a alarmarnos e inquietarnos». Nos gusta atemorizarnos con ideas sobre el agotamiento de los recursos naturales, los límites impuestos al crecimiento y la sustitución de las personas por robots. Quizá sea divertido, o tal vez nos haga sentir mejores por no ser ingenuos y ponernos en lo peor, pero la historia nos enseña que el mundo de los trabajadores robotizados no es algo que debamos temer racionalmente.

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